Son curiosos los recuerdos, ¿verdad? Muchas veces antes de que los recuerdos se conviertan en recuerdos ya sabes que esos momentos se quedarán para siempre en tu corazón. Y agradeces al universo, a Dios o a quien sea que esas personas estén contigo, a tu lado.
Luego llega la parte más complicada… Cuando alguien se va de tu vida todos los recuerdos que tienes con esa persona se agolpan en tu mente, como eso que dicen que antes de morir ves pasar tu vida por delante de tus ojos.
Todos los recuerdos aparecen para dejarte sin respiración. Los ves una otra y vez y otra vez y otra vez y de forma inconsciente tu corazón decide cuáles de todos esos recuerdos pesan más: los buenos o malos. Aquí no hablo de ser racional o no, hablo de sentimientos, de sentir, de lo que somos cuando estamos solos. Todos esos recuerdos nos han convertido en la persona que somos hoy.
Y descubres que, el peso de los recuerdos, no viene dado por grandes viajes, regalos caros o discursos grandilocuentes, no. Viene dado por esas personas que, en tus momentos más duros, te acompañaron y mataron monstruos por ti para que pudieras ver en la más absoluta oscuridad.